29 jul. 2010

Se dejó caer en el primer asiento que encontró. El hombre que se sentaba al lado estaba dormido con la boca abierta y prácticamente babeándose, pero era menos desagradable que la anciana de pelo azul eléctrico sentada en aquella otra punta del tren. Comenzó a revisar su cartera. Siempre se olvidaba de algo: documentos, llaves, pañuelitos descartables, moneditas y esos caramelitos de menta que parecían interminables (eran muy ácidos y no los soportaba). Todo estaba allí. Pero sin embargo al salir tan apurada de su casa tenía esa absurda sensación de haber olvidado algo.
Las estaciones pasaban por su ventanilla como cortos capítulos de una novela. Nunca había bajado en la mayoría de ellas, y sin embargo las veía pasar todos los días, tan ajenas a ella.
Vió una pequeña placita con mucho verde, arbolitos y pasto. Le recordó mucho al jardín que siempre quizo tener en su casa y que sospechaba nunca iba a tener. No debería preocuparse, después de todo su departamentito era acogedor y no tendría tiempo que dedicar a las plantitas que tanto le agradaban.
Debajo de un puente observó, entonces, una familia que estaba viviendo allí. Con 'camitas' de cartón y comida imaginaria, una mesita de plástico.. servida. Llena pero llena de nada. Y volvió a replantearse lo de su depto ¿Qué carajo importaba el inexistente jardín? Tenía todo lo necesario y con eso bastaba. Sí, tenía algunas manchas de humedad, era poco luminoso y era muy caluroso en verano pero le tenía un nosequé parecido al cariño. Después de todo había sido un regalo de su mamá y su papá (regalo que por supuesto fue un sacrificio para ellos). Además tenía sus cosas buenas, no se mojaría cuando llueve y también tenía una bonita vista a la farmacia de enfrente, que, si tenía suerte, de vez cuando podía escuchar las peleas de sus dueños que en momentos de aburrimiento resultaban muy entretenidas.
Claro que sí: su departamento era definitivamente un buen lugar.
Un chirrido perturbó sus pensamientos y deseó con toda su alma que el tren no se detuviera, debería llegar pronto. Por favor, por favor: que no se detuviera.
El tren comenzó a moverse nuevamente. Maia respiró profundo.
Miró a su derecha. El gordo aún seguía dormido, pero la mujer extraña había bajado hace dos estaciones. Eso la hacía sentir cómoda ya que sentía que no paraba de mirarla.
Su pelo aún seguía mojado, no había tenido tiempo de secarlo antes de salir. Estaba tan apurada..
No parecía hacerle ninguna gracia porque hacía mucho frío y había mandado a lavar su campera de abrigo. Tenía frío y eso era una verdad rotunda. No le animaba demasiado acurrucarse contra el gordo pero la ventanilla estaba abierta y el viento parecía congelarla de a poco. No quería resfriarse pero debería pasar por entre las piernas del hombre y un par de personas más así que prefirió aguantar.
Se abren las puertas del tren: Once.
¿Once? No puede ser. Ella debería haber bajado en Flores. Miró su reloj. Con mucha suerte viajaría en colectivo las estaciones que se distrajo para presentarse a su primer entrevista de trabajo.
¿Once? Se repitió. Imposible ¿Cómo podrían haber pasado aquellas estaciones tan tediosas de siempre ahora tan fugaces? No importa, no tendría tiempo de meditarlo demasiado.
Estaba nerviosa y tenía que apurar el paso. La parada aún estaba lejos.
Desodorante! Eso era lo que faltaba. Maia que estúpida sos. Ahora tendría que caminar mucho y de seguro transpiraría. Primer entrevista de trabajo y transpirada, qué horror.
Las personas en la vereda parecían simplemente obstáculos de un videojuego. Estaba apurada, ya no tenía tiempo para comparaciones ni reflexiones. Estaba apurada, apurada y transpirada. Transpirada y nerviosa. Nerviosa y fastidiada. Y esa anciana que no parecía avanzar comenzaba a ponerla más fastidiosa aún. ¡Y toda esa gente!
Una perfumería, tal vez podría comprar algún desodorante de paso. Pero hecho un vistazo en el interior y había muchas filas, demasiada gente. ¡Gente por todas partes! Comenzaba a sentir una molestia enfermiza por aquella cantidad incontable de personas.
Las cinco y cuarenta y dos: no llegaría a la parada a tiempo. No tenía mucho dinero pero prefirió tomar un taxi. Después de todo sus veinte pesos la acercarían bastante. Luego caminaría las cuadras faltantes.

28 jul. 2010

Ser feliz no siempre es una diversión, quizás nos queden ganas de agonizar..

tanto, tanto, tanto, TANTO brilla.

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