7 feb. 2011

¿De qué lado de la reja están los animales?

Ayer (va, anteayer porque en realidad ya son las dos y media de la mañana) fuimos al zoológico con Pali, Vico, Juli, Nico y Lean.
Debo admitir que los animales despiertan en mí un amor y ternura únicos y desde chica siempre fue mi salida preferida ir al zoo. Me encantaba verlos, admirarlos, sentirlos tan cerca; pero debo admitir que en esta salida no pude apreciarlo de la misma manera.
Creo, que soy un poco más adulta que la última vez que fui y logré ver otras cosas. Cosas que tal vez arruinaron la felicidad y la esperanza con la que fui. Elegí sin duda la foto de un ciervo porque fue el animal que más me gustó ver y ese creo que va a ser el único comentario positivo que voy a hacer acerca del zoológico por ahora en este texto.
Puede que al leer esto piensen que tengo la mentalidad de blancanieves, una ecologista hippie, del doctor dolittle o de la pachamama, no me interesa tampoco. Pero tengo que decir que casi me pongo a llorar por como los animales se encontraban ahí. No tenían suficiente espacio, suficiente agua, suficiente compañía o suficiente atención. (¿Qué pasó, señores? ¿No había suficiente dinero para eso o suficiente corazón?) Y créanme que yo no salí de la National Geographic pero entiendo lo suficiente como para saber que un reptil no puede vivir sin agua porque como son de sangre fría necesitan regular la temperatura de su cuerpo, para saber que una pantera no puede vivir en una pecera de cinco por cinco metros y que un ciervo no tiene porqué confundir su pasto con un sorbete de plástico tirado en el piso. No los culpo, (¡Mentira!) nunca puede ser suficiente el lugar que le brinda el espacio que queda entre los barrotes a un ser que debería vivir en plena libertad en medio de la selva, el bosque, el desierto o incluso en el interior de la tierra o la inmensidad de los cielos y los mares. Pero eso no fue lo único que me partió el corazón. En definitiva si no fuera por ellos yo nunca hubiera visto en persona (o animal) a ningún ser salvaje. 
Lo que más me indignó fue la desconsideración, la falta de respeto y la crueldad que tenían los que visitaban aquel lugar. Fueron varias las situaciones que me hicieron estallar de rabia e impotencia pero más me proboca el hecho de saber que esas cosas no sólo pasan cuando yo voy, sino que está sucediendo en muchos lugares y otros tiempos.
¿Cómo la gente puede ser tan cruel con los animales? No lo sé pero creo que voy a destacar tres momentos indignantes de ello.
El primero contaba como personaje principal a un hombre de unos treinta años que había comprado una bolsa de alimento para darles a los animales y viendo que se le había acabado todo le dió la bolsa (que afortunadamente no era de plástico sino de papel) para que se la comiera a una llama. El hombre reía y casi se felicitaba de su hazaña.
En el segundo había una adolescente de unos dieciocho años con (lo que yo supongo es) su hermanito. Que en contraposición con el anterior ella no tenía alimento se acercó al espacio donde estaban los ciervos. Ellos se acercaban inocentemente en busca de comida y ella luego de amagarles una mano con alimento les empujaba la carita. El niño (que debería tener unos 7 años pero sin duda mucho más corazón) le preguntó por qué hacía eso a lo que ella le respondió: "Porque me gusta". En ese caso no creo que te guste que a vos te lo hagan.
Y el tercer caso, y creo que dejé lo peor para lo último, fue el de una chica de unos diecisiete años que estaba al lado nuestro viendo el lugar donde estaban una tortuga gigante y unas avestruces (estas últimas quedaban a la altura de nuestros pies) y muy divertida y con una gran sonrisa escupió a las plumas de un avestruz. ¡Qué divertido! ¿No? Creo que deberías agradecerme que entré en estado de shock y no pude hacerte lo mismo. Nunca fui demasiado amiga de las avestruces pero que alguien te escupa creo que no se lo deseo ni al piso.
Y es ahí donde me pregunto: ¿Por qué esa gente no está encerrada en un espacio pequeño y lleno de vidrios? Son más animales que los que son llamados así y evidentemente mucho más salvajes y merecedores de una reja.
¿Por qué nadie visita las cárceles? Los verdaderos animales están ahí o sin ir más lejos caminando por las calles.

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