19 dic. 2010

Qué hermoso es actuar, interpretar una estructura dramática.
Siempre desde chica me inculcaron mucho el arte, sin querer, pero aún así me fueron inyectando poco a poco una milésima de lo que mi familia es.
Me acuerdo cuando tenía siete años y me paseaba por los pasillos haciendo de abuelita (con un paraguas como bastón y una mantita como abrigo que encontré por ahí), o cuando hacía de novia (con las flores de mentira que tenía mamá en el comedor, camisones viejos de ella y un tul de cuando era bebé que estaba en mi cuna) entre otras muchísimas cosas que me gustaba imitar como princesas, payasos o animalitos.
No puedo expresar con claridad lo que se siente estar en un escenario (que a decir verdad no estuve en muchos que no fueran de mi colegio) pero cada paso que dí arriba de uno de ellos eran gotitas de emoción, de nervios, de alegría, de pánico y de realización. Porque sí, estar arriba de un escenario haciendo exactamente lo que te gusta es totalmente placentero. Y mucho más si cuando las luces se apagan la gente aplaude.
Al que le gusta el teatro va a poder entender algo de lo que digo, y al que no le gusta probablemente no sepa a qué me refiero. Pero debo decir que al sentirme iluminada por las luces calurosas de aquel teatro sentía que estaba en mi lugar, en el rincón de la cultura que me pertenece.
Nunca nadie podrá entender lo que se siente imitar físicamente a una persona, demostrar los sentimientos que ella siente, pensar (o demostrarle al público que pensás) como esa persona, copiar sus reacciones, sus modos, sus gestos. Nadie nunca que no le guste el género dramático podrá entenderlo, nunca.

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